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lunes, 18 de junio de 2018

Amores proletarios

Una lectura de La ilusión de los mamíferos de Julián López, Random House, 2018

Todo es ilusión, menos el poder es el concepto que me atravesó desde el primero hasta el último renglón de esta precisa lanza de punta diamantada que fabricó Julián López con la dedicación de un artesano. Porque nadie puede poner en duda desde que se publicó Una muchacha muy bella en 2013 que Julián López es el mejor artesano de imágenes de la literatura argentina viva –con toda justicia la Biblioteca de Nueva York la incluyó entre las diez obras de la literatura argentina más importantes-. Sería redundancia y clishé decir algo más sobre la asombrosa capacidad de este escritor para enhebrar una sinfonía incansable de metáforas precisas y originales, que hacen de su lectura un desafío permanente de atención.

Leer a López exige una concentración permanente, prohíbe la lectura en diagonal, obliga a una contemplación estética y filosófica propia de la poesía o la pintura abstracta. Poco o nada es lo que puedo decir para comprender este bello y extraño fenómeno literario, quedará en manos de especialistas más cultivados el desbroce de cada imagen y recurso estético para comprender cómo un escritor argentino nacido en los últimos cincuenta y tres años, educado en medio de la decadencia cultural más acelerada de nuestro mundo contemporáneo, fue capaz de lograr semejante aporte original al uso del lenguaje y su capacidad de elaboración filosófica.

Sólo puedo limitarme –con alegría- a describir el punto exacto donde su lanza me hirió. Sería también un cliché esquemático decir que López hizo la novela más sublime para describir el amor entre dos hombres. Admisible para la venta del libro entre un nicho del mercado, pero criminal si se quiere encontrarle sentido. Como en Una muchacha, López se ubica de nuevo en la prisión eterna de la nostalgia para indagar sobre un año o menos de una relación afectiva significativa para el narrador. Un hombre gay desde su infancia, que deja caer a lo largo de la narración retazos de su biografía que nos permiten vislumbrar cómo se construyó su sexoafectividad, desde los silencios del padre hasta las normas de la pequeño burguesía liberal porteña, pasando por las furtivas relaciones a escondidas de la policía en los baños de los bares de Once. Un hombre gay, maduro y que ha superado los límites del amor romántico con que todes somos criados para alcanzar una soltería adecuada que sin embargo recuerda cada momento de un amor que lo sorprendió, lo desarmó, lo llevó de nuevo al amor romántico.

La novela de López excede los límites del amor entre hombres, se trata de una historia universal. No es que el autor lo busque, quizás su intención haya sido incluso esa. Lejos de quedarse en la contemplación idílica de las profundidades de la angustia y la alegría del gran amor de su vida, el autor describe con la misma fidelidad los estados de ánimo más elementales de una relación erótica incendiaria. Sus escenas sexuales tienen todo lo que cualquier individuo llano le puede reclamar a la literatura erótica, la excitación inmediata ante cada palabra, la necesidad inevitable de masturbarse mientras se lee.

Pero incluso ahí, en esa fantasía sexual concreta que López libera para nosotres sin pruritos ni tapujos, tampoco nos sentimos enchalecades por la homosexualidad masculina. Se trata de una excitación que puede conmover hasta el orgasmo mismo a personas de las más variadas orientaciones y gustos, si se cuenta con la apertura sensible indispensable para cualquier obra poética.

Hay sin embargo un solo límite empático en esta obra y entiendo que es lo más discutible de mi lectura, pero estoy dispuesto a defenderla. Es un límite de clase. No porque López se haya propuesto conscientemente dedicarse a la literatura proletaria, si es que queda alguien hoy en este mundo que lo haga. Quiero decir, es obvio que López no es un escritor realista-socialista, que su literatura no está guiada por la intención programática de contribuir al desarrollo de una posición revolucionaria, etc. Y tampoco parece encajar en el estereotipo del escritor comprometido de la nueva izquierda de los sesenta, a pesar de tener una participación activa en los debates políticos a través de sus cuentas en las redes sociales y de haberse cargado junto a otres escritorxs de su generación la epopeya de construir una organización gremial.

López encaja mejor en ese rol construido por Abelardo Castillo del escritor comprometido con la literatura, con las leyes de su arte.

Y aquí la otra cara de la contradicción. Oscar Wilde defendió con su vida un concepto del arte desligado de condicionamientos morales o éticos. Y sin embargo, construyó una de las obras más ácidas de denuncia ética y moral de la sociedad aristocrático-burguesa de la capital del imperialismo en su momento de mayor poder histórico. Quienes nos formamos políticamente en el marxismo revolucionario hemos leído hasta el hartazgo en las recopilaciones de editoriales estalinistas el amor de Marx por Balzac, por esa refinada técnica de la literatura realista del siglo XIX tan bien dispuesta para desenmascarar la intimidad de la corrupción moral de la burguesía. Pero Marx se murió antes de que Wilde publicase El retrato de Dorian Gray, donde escupe en la cara de ese realismo –en el mismo tono que escupe, si se quiere, Edgar Allan Poe- para construir una exquisita ficción de tono maravilloso y fantástico y exponer con mayor revulsividad que Balzac la desnudez oculta del imperialismo burgués.

Por el mismo camino de Wilde, Julián López termina indagando en los aspectos más íntimos de las marcas que la alienación deja en la lastimada conciencia de un explotado. ¿Qué es entonces lo particular de esta novela? Que se trata del recuerdo nostálgico de una relación amorosa que sólo podía concretarse físicamente los domingos. En parte por los límites que imponían los acuerdos de uno de los amantes, el objeto del deseo del narrador, con su relación heterosexual, su esposa y su familia. Pero sobre todo porque el narrador labura el resto de los días de la semana. Esta marca de clase se comprueba también en el gusto refinado del narrador, que selecciona para sus encuentros dominicales alimentos y bebidas que conoció en las épocas pasadas en las que su situación material lo colocaba por fuera de la clase desposeída. También en Una muchacha López desplegaba esa confesión invisible de haberse colmado de gustos aristocráticos durante una infancia y adolescencia de clase media acomodada. Pero en esta novela ese aspecto cobra mayor relevancia, porque el narrador conscientemente arranca de su sueldo las moneditas necesarias para elegir comer rico los domingos. Imposible comprenderlo si no se ha estado ahí.

Y esta singularidad empaña toda su mirada filosófica y poética. El otro gran aporte de la novela a la literatura argentina es su descripción de la Buenos Aires particular que vive –o sufre- un proletario con cierta sensibilidad. Una mancha de cemento que se imprime sobre un pasado de naturaleza que, sin embargo, lucha por salir a la superficie, sentir el sol, igual que el alma sufrida que se proyecta en esta visión. López ilustra con maestría excepcional, irrepetible e irreprochable, ese extraño dolor que sentimos quienes nos fascinamos con cada atardecer estallando sobre un horizonte de cemento, cuando imaginamos la vida cotidiana de los antiguos habitantes de esas casas antiguas demolidas, usando como pistas el recorte de los azulejos que todavía sobreviven en la medianera.

López se ha tomado el trabajo de investigar el nombre de esas plantitas largas de flores amarillas que emergen en cada grieta de cemento en las casas más viejas de la ciudad porque ellas encierran la cifra de toda nuestra desdicha y nuestra esperanza.  

“Donde no llega el Estado llega el palán-palán” ha escrito López casi en la mitad de su relato, cuando ya dejó consolidada en la conciencia de su lector/a la atmósfera esencial de la novela. Así, con la humildad del palán palán aparece en la grieta de una perfecta novela existencialista el demiurgo de toda esa soledad opresiva, el Estado. En su descripción romántica del corazón del Buenos Aires del 900 que cumple veinte años de demolición sistemática, en su descripción de las esquinas clásicas de Almagro, Flores, Primera Junta, el Viejo Caballito, Plaza Irlanda y Balvanera, López no se va por las ramas, no elude el problema filosófico y estético, le pone nombre: la especulación inmobiliaria que devora de a poco los refugios de belleza en que descansaba la mirada sufrida del obrero alienado.

Entonces el gran mérito de esta obra se reduce a un compromiso de hierro de López con su arte pero sobre todo con su condición humana más esencial, la alienación provocada por el trabajo forzado para el capital. Siguiendo el camino de Wilde, el de desnudar sus sentimientos más íntimos hasta el límite de la confesión, López ahonda en la ilusión imposible de concretar que atormenta a millones de laburantes en nuestra ciudad, la de amar y ser amado y la de estar completamente solo y feliz. La libertad de la soltería madura se interrumpe cada tanto en el encuentro con otres que nos despiertan otra ilusión, la de la propiedad. Deseamos tenerle todos los días al objeto de nuestro amor y por eso nos convertimos en suyos. La racionalidad se quiebra en pedazos cuando nos damos cuenta que le queremos todos los días de la semana además de aquellos momentos que le arrancamos a la producción de valor. Y en el fondo de todo, esa necesidad tan estrictamente humana que nos hace imposible no desear envejecer acompañados de un amor incondicional.

Por eso creo López vuelve a construir, como en su primer libro, la historia secundaria del narrador atormentado por la relación con su padre anciano en el geriátrico. Porque allí está con toda la claridad del mundo la visión exacta de ese vacío existencial. La vejez en soledad, mucho más que la muerte.

La gran enseñanza que dejó el estalinismo para quienes deseamos un arte que sirva como arma para derrocar al Estado y su sociedad descompuesta es que ese arte no puede ser fabricado en un laboratorio, mucho menos por decreto. Sin embargo, la literatura de Julián López demuestra que la lucha de clases a la que estamos todes les artistas sometides, cualquiera de los lados del mostrador en que andemos parades, es un laboratorio que no para de fabricar artistas revolucionarios. Se podría esgrimir la novela de López en cualquier asamblea obrera para explicarle al mundo qué nos mueve a luchar a lxs socialistas: queremos ponerle un fin a este dolor tan bellamente expresado. Queremos que el palán palán sea bosque y epidemia, que los domingos se hagan semana y el amor que encontramos eche raíces y se multiplique en una selva inaudita. Que triunfe la soledad de quien construye una vida sana, sin dependencias emocionales ficticias y frustrantes.

Me animo a decir que la sola existencia de La ilusión de los mamíferos es una prueba de una evolución revolucionaria de la conciencia de una capa de la población en nuestro país. Se realiza en ella la peor pesadilla de los dos polos del viejo debate. Un campeón de la forma estética y la indagación filosófica individualista ha creado una obra de profunda conciencia política revolucionaria. Ni el diktat del mercado editorial ni la dictadura del hambre con que somos castigadxs les artistas políticamente honestos y genuinamente rebeldes han impedido que existan escritorxs como Julián López o Selva Almada o, si se me permite, Kike Ferrari. 

Por diferentes vías, especialistas en el arte del lenguaje escrito hacen un doble aporte a la forma y a la conciencia política que busca el camino de la emancipación humana.
Somos contemporáneos de una exquisita generación de escritorxs que han llegado a editar en primera división (Random publica a López como antes a Selva Almada después de su éxito en editoriales medianas, Alfaguara se ha rendido a la potencia de Kike Ferrari después de su triunfo con editoriales casi marginales) por prepotencia de una calidad literaria que los empresarios del libro bello y carísimo no pueden gambetear sin quedar como unos burros del peor calibre. Una enseñanza que no deja de tener un costado horrible, ya que es preciso ser un excelente artista de la técnica formal para que tu voz se oiga, y la felicidad que nos genera el éxito de enormes artistas como Selva, Julián o Kike nos amarga por los millares de espíritus sensibles sin un décimo de sus capacidades técnicas que no encuentran papel donde compartirnos sus emociones, tan válidas como las de cualquiera o quizás más.

Entiendo que esta lectura tan particular sonará a puro disparate delirante forzado por los deseos y aspiraciones de quien firma. Déjenme oponer una sola prueba surgida del propio material literario. Toda la novela, atiborrada en un fresco de imágenes sensoriales como las que muy bien condensa la fotografía de la tapa, es así mismo una única metáfora que el autor construye en el escenario del comienzo y del fin, la plazoleta horrible de Esmeralda y Rivadavia.

Es la plazoleta que expresa mejor que ninguna en todo el AMBA la cifra y símbolo de la angustia del trabajador alienado. Un machetazo de verde mal organizado en el corazón del microcentro porteño, uno de los refugios de naturaleza artificial que buscamos como oasis quienes hemos tenido la enorme desdicha de trabajar en alguna de esos colmenares de oficinas para engañarnos de vida en nuestra media hora de almuerzo, nuestro único momento de tiempo no alienado en medio de la jornada de trabajo para el capital.

Quizá Julián no lo sepa, como millones de porteños, pero hace pocos años se descubrió que la plazoleta Roberto Arlt –recientemente declarada como “espacio de diversidad” por los representantes de la burguesía LGTBI friendly que nos gobiernan- fue el cementerio de pobres y esclavos que no tenían las monedas suficientes para dar cristiana sepultura a sus familiares en ninguno de los camposantos de las decenas de parroquias de la ciudad colonial.  Eran los terrenos baldíos de una parroquia en los márgenes de la primera Buenos Aires, esa que se terminaba antes de la actual 9 de Julio, la parroquia de San Miguel Arcángel, fundada en el siglo 18 por un comerciante filántropo para encargarse de atender las necesidades espirituales de las masas de mujeres y esclavxs africanos que inundaban la Atenas del Plata. Filantropía claro que involucraba pingues ganancias inmobiliarias y apuntaba a la higiene de la población adinerada de la ciudad, para evitarles el contagio de los cuerpos putrefactos en las zanjas y esquinas. Casi idéntica nos parece la intención de la municipalidad al declararla “espacio para la diversidad”.

En un giro imposible de imaginar, como en una historia narrativa y sin grandes arabescos literarios de Stephen King, toda esta hermosa poesía simbólica parnasiana de López que es La ilusión de los mamíferos se ha construido sobre el primer cementerio de explotados de la ciudad.

Así es, querides amigues, mientras impere en nuestro mundo la explotación del trabajo humano por los despiadados propietarios individuales de las potencias creativas humanas, el amor, la soledad y la liviandad serán meras y dolorosas ilusiones imposibles de concretar. Sólo cuando les millones de explotades  encontremos el camino necesario para ser dueños de los resortes esenciales del poder colectivo y podamos construir un mundo sin explotación nos habremos liberado para siempre de la alienación de nuestras relaciones afectivas elementales.

Mientras tanto, estemos agradecides de que los palán palán del arte sigan encontrando su lugar en las grietas de una sociedad moribunda y barbárica, celebremos la posibilidad de contar con ellxs para comprender el origen de nuestras angustias más íntimas en medio de una sociedad que nos arranca, nos niega, la educación científica gratuita, la salud física y psicológica e incluso artistas comprometidos.

No han podido callar la primavera, ergo, venceremos.

viernes, 27 de abril de 2018

Un gps en el cielo

El tiempo es la sustancia concreta que más me cuesta comprender. Cada vez que encuentro un ser humano que lo puede explicar de manera sencilla, pero respetando la profundidad y plasticidad del concepto, flasheo.

No me pasa desde siempre, claro. Al principio fue una sensación muy sencilla. Tenía ocho o diez años, y desde primer grado me hostigaba el grupo de compañeros del colegio católico nacionalista privado de Misiones donde estudiaba. Eran los caté de la camada.

Pero tendría que explicar muchas cosas.

En primer grado, casi al final, porque recuerdo vívidamente esa, una de las primeras tardes cálidas del Alto Paraná, cuando Posadas es invadida en maniobra de pinzas por un ejército demoledor e invencible: subiendo las barrancas de pescadores y villeros desde el justiciero oeste hasta el norte, el bravo Paraná asfixiaba el aire de la ciudad con su agobiante sabor dulzón, de lima silvestre, agrio pero sabroso como fruta dulce que todavía no madura del todo; del resto de los puntos cardinales nos inundaba el vaho de la selva, el sudor de sus millones de invisibles pero arteros habitantes, el funk de la savia y el sudor de tipas, palmeras y araucarias, pero también de los herméticos paraísos y los etéreos sauces llorones, qué decirles del sexo caliente de reptiles seductores y salvajes felinos.

Noviembre es toda primavera madura y preludio del verano. Han pasado treinta años y pico de todo esto y tengo en las narices todavía el olor del pólen, (Posadas llena de azahar) dice con justicia el gran poeta Garupeño. Más diría, llevo en el paladar ese gusto de las pelotitas amarillas que brotaban de los centenares de ibirapitás que adornaban las cuadras a lo largo y ancho de las Cuatro Avenidas.

En una tarde como esa, solo recuerdo la película empezada. Mi cerebro no me dice qué pasó antes. Lo primero que recuerdo es el golpe.

Igual de doloroso cuando trece años después la Policía pudo agarrarme y se vengó de todas las veces anteriores que no pudo, en recitales o yendo a ver a Boca. Corriendo por una calle de Constitución donde doscientos años antes nuestros negros y negras inventaron el candombe, la milonga y el tango.  Si debo ser preciso (terror de Groussac, se llama eso para un historiador) cruzando Entre Ríos, la primer avenida perimetral que tuvo la ciudad en 1822, la primera vez que quiso ser “europea” y Rivadavia consolidó y emprolijó, e integró a la ciudad vieja, desde los caminos que bajaban la barranca de Avenida Caseros hasta las playas del Riacho de las Naves.

Corrí más de cuatro kilómetros junto a mis compañeros de agrupación, detrás nuestro los aguerridos cordones de las agrupaciones piqueteras combativas aguantaban el primer embate de la Federal y delante nuestro las mujeres protegían la retirada de niñxs y ancianxs hacia lo profundo de sus barrios.
La arquitectura del sur de Balvanera y San Cristóbal en una tarde gris de abril es ideal para una secuencia en primer plano de cinco mil personas corriendo desesperadamente, cazadas en un laberinto tan perfecto que todos los caminos llevaban al castigo. Más de cuatro comisarías nos cazaban con sus brigadas, nefastos demonios de azul oscuro flasheados en Batman nos perseguían en motos de mucha cilindrada, el jinete acompañado por un tirador de arma de fuego de largo alcance y munición potente. Con sus filas de cartuchos en orden macabro: salva de fogueo, goma, perdigón, plomo.

Estaba dentro del Counter Strike pero yo era el musulmán medio negrito con pinta de asesino de pobres niñas rubias que corría de los tiros de los agentes de la libertad y la democracia.

Mi cuerpo tenía la suficiente vitalidad para hacer cuarenta cuadras mezclando trote corto y zancada, bajo los gases, sulfatado de adrenalina y cagado hasta las patas y no desmayarme de los dos paquetes de Particulares que fumaba por día. El doble en elecciones o… luchas callejeras, mierda.

Al final se terminó imponiendo la falta de aire y me fui quedando retrasado de todos los grupos. Veía cómo iban y venían quedando atrás las pocas oportunidades de zafar.

Primero fueron los del grupo de pibes secundarios y universitarios que se pasaron todo el fin de semana durmiendo en las verjas mismas del perímetro de la fábrica, vestidos, no le miento, créame, a la moda del proletariado español del ´36, con boina tweed con visera y todo. Se pasaron todo el conflicto corriendo por izquierda y chicaneando a les compañerxs desocupades en cada asamblea o recreo. Apelando a carajeadas estilo quién ponía más huevos y ese tipo de pendejada. La mayoría se metió con los caretones y diputados en la YPF de la esquina, incómodos pero no los tocaron; el resto del bolchevismo furioso ganó su local cultural lindero en un flash y el resto corrió unas cuadras más hasta la Facultad de Psicología, por Independencia hacia el oeste.

Después vi a los responsables de organizaciones de izquierda poner guita de la venta de periódicos y aportes militantes para sacar a les más vulnerables en los taxis, que ya empezaban a gambetear el área de quilombo -a ver si todavía cobraban ellos sin tomarla ni beberla- luego quedé muy lejos del pelotón que se guardó en el Garrahan, gracias a que la interna clasista transformó ese cuartel general de guerra a la muerte en un refugio para la vida que lucha.


Cuando me avivé, una línea perfecta y paciente de doce lobos en sus máquinas de correr, ya había comenzado a ronronear en primera para desbandarnos. Me consuela que nuestro patético final haya servido para llevarnos la marca y descomprimir la tensión en el hospi, y que como nos cazaron solitos y de a uno, no tuvimos la vergüenza de que compañeras y compañeros que admirábamos nos vieran perder tan feo.

Corriendo sobre Brasil, cruzando Entre Ríos en verde, todavía vi pasar un 50 que había parado generosamente a un grupo de militantes y rajaba a todo trapo para el Congreso.

-Este es el peor día para tener una racha de yeta- recuerdo que pensé, ya entregado al cansancio y el absurdo.

Doy vuelta la cara y uno de los quebracho de la facultad me mira del otro lado del espejo de la puerta vaivén en el barcito setentista de la ochava, mirando al sudoeste. Desde adentro me mira. Con la puerta cerrada. Me hace una seña de truco perfecta, imperceptible, me rogaba que no lo reconociera, seguro había entrado haciéndose el ciudadano honesto y sumiso que miraba por la ventana cual parroquiano.

Esa fue la última. Ya sentía las balas de goma pegándome en la espalda de la campera de yin sin abrir la tela. Golpecitos secos, como un señor de bigote con guías envaselinadas te empuje con el índice derecho. Se estaban acercando.
Y no bien dejé de mirar al bar con melancolía y retomé la carrera, a diez metros de la esquina, en el peor lugar, un tubo de una sola vía, justo cuando Brasil se angosta, el duo de motos que encabezaba la incursión al barrio me alcanza. El que venía por el carril izquierdo me la pone y los otros siguen pasando a su espalda hacia el fondo, vendría ser la continuación de Solís, el fondo del negro túnel.

El sorete de atrás tuvo la decencia de darme un palazo de madera en la parte trasera de la sien derecha, tajo de seis centímetros y hueso a la vista. Primero una reverberancia potente, como si tuviese un bafle del Luna Park enfocado desde la nariz hacia los oídos, por adentro del bocho.

Estaba tan cansado que en fracciones de segundo entre que el bastón del rati bajó en curva desde arriba de su cabeza y su hombro derecho hacia abajo me rajó el cuero cabelludo, y mi cabeza explotó como un bombo legüero, me dejé caer al suelo, reventándome las rodillas.

Caí en seco, y me sentí realizado. Al fin mis piernas y mis pulmones iban a descansar. Como los perros de trineo en la nieve cuando han sido mal alimentados y sobre explotados. Caí bajo mi yugo.

Con tanta mala leche que el jinete motorizado siguió con inercia un segundo más y cuando frenó yo estaba con la cara aplastada en el ángulo de la pared con la vereda, el cuerpo cruzado en dirección a la cuneta y el hueco entre la panza del motor y la rueda trasera sobre mi cadera izquierda. El asesino que manejaba estaría aburrido de su rol pasivo y aceleró hacia delante y atrás un par de veces, haciéndome girar sobre mi eje, rajándome la cara con las valdozas sucias que la municipalidad de Ibarra ni cambiaba ni limpiaba.

Al fin, cansado del juego, me larga. Yo estaba aturdido en el suelo hecho una piltrafa. Abrazado a la bandera de la agrupación, dos tacuaras de dos metros y medio y una tela rectangular con un Marx diseñado por una impresionante artista y dibujado por mí con aerosol o acrílico, no me acuerdo.

Abro los ojos como boxeador que le acaban de terminar de contar en la lona y trato de entender qué mierda me quiere decir el forro del rati que me peguó el palazo. Está parado detrás de su caballo de fibra de vidrio y aluminio, azabache como él, y me apunta con la reglamentaria, sacado, eufórico de adrenalina y merca –seguro- me grita con gestos del cuerpo como si intentase cantar su canción preferida en la cancha o la fiesta, mientras le agarra un ataque de asma. Las venas del cuello hinchadas.

-Esta bestia quiere mi sangre –fue el primer pensamiento lúcido que tuve. Me ubiqué. Intenté explicarle con las manos en alto que no lo escuchaba por el palazo.

Se sacaba más. Me empiezo a agarrar de los ladrillos finitos sin reboque de la pared para intentar pararme.

-Querrá que me pare, pensé.

Se sacaba de nuevo. Revoleaba la nueve al borde de perder el control de la situación.

Me vuelvo a agarrar de la pared para volver a acostarme en el suelo, siempre con el otro brazo en alto, para que no flashee nada raro.

Aunque ahora que lo pienso, debo haber dado un espectáculo bastante vergonzoso como para que un tipo que maneja la secuencia, armado y acompañado, me tenga miedo. A no ser que proyectara algo.

Cuestión que tampoco le gustó que me vuelva a acostar. Habrá pensado que lo 
estaba descansando. Le juro que no, oficial, le juro que no, quiero colaborar, no me mate.

Pensaba, creo. No podía hablar o no recuerdo qué dije.
Hasta que aparece en escena desde el este uno de sus apocalípticos amigos shainin knight armer a pedirle apoyo. Habían encontrado a un compañero rubio que me gustaba mucho, hijo de un médico del PC que había sido de la seguridad armada y formada en la URSS del partido, amor no declarado obvio, los nenes con los nenas, las nenas con los nenes. Se había escondido detrás de un auto y cuando pasaron de vuelta lo descubrieron y le iban a dar entre varios. Cobardes. Cagones.

Pero dejó de gritarme y se subió a la moto. Cuando se fue, desesperado, empecé a agarrar a los tipos que miraban la secuencia desde el dintel de la puerta de calle. Un rucucu me cerró la puerta del telo en la cara. Rogaba. Cerraban las persianas americanas y los postigos a medida que recorría con la mirada suplicando en todas direcciones. 

Eran las tres de la tarde. Había suficiente luz natural para que estos chabones hayan visto toda la secuencia. Recién ahí tuve terror. Terror posta, onda cuando el Eternauta se rescata que la nevada es parte de una invasión. Ese flash de terror físico y sicológico, de ratón en la ratonera del laboratorio. Me cerraban la puerta en la cara.

Yo estaba cobrando por todos los que queríamos que no cierren fábricas y rajen gente y me cerraban la puerta en la cara. Peor, me largaban a los perros pa cuando volvieran, alzados.

Hasta que uno de seis, un paceño ancho, me chistaba de atrás de la cancel de un conventillo de piezas tipo casa chorizo.

-Vení rápido. Vení. Me hizo con el brazo corto pero robusto. Me metió pa 
dentro y con el mismo vaivén de cintura cerró la puerta de afuera. Me empujó para dentro sin hablar y me mostró la canilla en el suelo, debajo de las rodillas.

-Mojate que estás todo sangrado.

Recién ahí me di cuenta. Una mancha chocolatosa me brotaba de la cabeza y la visera de la doble ceja, haciendo charco desde el trapo por delante y por detrás de la campera de yin, la remera y los pantalones. Un asco.

-No te preocupes. Lavate bien la cara que no te puedo tener mucho tiempo acá. Cuando pasen de vuelta y no te vean, te vas para la avenida y buscás un taxi, pibe.

Apuntaba a las puertas de las piezas y me hacía el ancho de bastos con las cejas para explicarme que algún inquilino sería buche de la cana.

Me acuerdo que tomé agua como si estuviera en el manantial de la diosa celta en la montaña nevada y me bañé con las manos mientras le agradecía a este ángel del altiplano por salvarme la vida, la única que tenía.

-Quedate tranquilo, soy del MTL, (el brazo piquetero del PC y una parte de la CTA), me dijo. Hoy no pude ir porque le tenía que hacer un favor a mi primo, sino perdía el laburo.

Chamuyo o no, este tipo me había salvado el cuerpo. Esperamos que los chacales zumben un par de veces subiendo y bajando por la calle y cuando el silencio empezó a campear le besé las manos y salí a la calle de nuevo. Pero renacido. Confiando de nuevo en la humanidad. Encaré con mi mejor cara de muñequito de torta con las cañas y el trapo enrollados detrás de la espalda (como si no se vieran, el estúpido) y gané Independencia por Entre Ríos. 
Haciendo todo mal, porque tenía los autos viniéndome por la espalda, eso no se hace cuando te cazan en una ciudad en horario laboral.

En fin, las novelas de héroes se disfrutan cuando estás tirado en el pasto de la plaza o la toalla de la playa, pero en el momento que las necesitás, se te olvidan todas. Así que terminé encontrando un taxi, lo engañé, le prometí el doble de billetes de lo que marque el reloj si me tiraba en la casa del pie, ocho kilómetros al sudoeste, en el Bajo Flores.

El tipo apagó el reloj, puso primera, le dio volumen a la radio y me sacó del corazón del mambo.

Ahora de grande, habiendo madurado y eso, recuerdo con claridad cinematrográfica la vez que me sentí más violado por el Estado en mi vida. Es decir, toda la secuencia del abuso y la violencia, cada cosa que me pasó por la cabeza. Está guardado en un archivo en la carpeta de documentos ocultos de mi bocho. Pero lo que pasó antes del abuso no lo recuerdo. Eso es lo raro. 

En Posadas lo mismo, aunque la peli arranca como si me pusieran un tape en la cabeza, pero nadie me pegó de refilón en la nuca y las sienes con la palma de la mano puesta boca abajo, como un avión que golpea la cima del cerro a propósito y sigue, o un latigazo de mano. Fue un grito infantil de descubrimiento. Grito de “arriba las manos esto es un asalto” o “piedra libre para todos mis compañeros”.

Grande maricón
Sopita y a la cama,
Se pone el camisón
Y dice hasta mañana…

Dicen que me encontraron dándole un beso en la boca a Toledo, un morochito flaco sin ninguna gracia, ahí abajo, en los baños de varones del subsuelo debajo de la cancha de futbol. Los vestuarios sagrados y corruptos como confesionario irlandés o español.

Para cuarto grado, tres años después, mi viejo ya había doblegado los algodones donde mi vieja me seguía uterinando y me mandaban a la Sociedad Española de SM a practicar Tae Kwon Do. Sí, el año que estrenaron Karate Kid  y Rendirse nunca, retroceder jamás, películas de artes marciales coreanas con permanentes y vestuario “fiorucci”. Me había agarrado el síndrome de fanático de los Power Rangers diez años antes de que existieran. Y ni siquiera llegué a la moda de la década anterior, con Bruce Lee, faaa.

Mi viejo quería que dejara de ser tan maricón, ahora sospecho que los curas le pueden haber contado, todos nos confesábamos semanalmente, yo decía la verdad más humillante con terror divino.

¿A cuántos como yo habrán violado mis confesores y docentes?

Verdadera experiencia traumática para un gurisito güero entre paraguas y guaraníes misioneros de su edad que no podía socializar, gordito e ingenuo marca pelotudo, a mi viejo no se le ocurría mejor que mandarme a cagar a patadas con… gurises de mi edad, de mi colectividad o de mi barrio, potenciales amigos fuera de la escuela. Y encima odiaba la actividad física y me avergonzaba de mi cuerpo desnudo. Y sospechaba en serio que me gustaban los cuerpos de mis amigos, porque, digamos, no había visto un cuerpo femenino desnudo ni en mi casa ni en una revista todavía. Y encima era una fantasía pecaminosa y prohibida.

Pero en ese purgatorio que venía reprobando feo, para una primavera nos llevaron de campamento a alguna estancia de Corrientes, doscientos kilómetros al sudoeste, donde descubrí mi luz interior. Una idea horrible y nefasta muy en la línea del acierto de mi vejo. Una especie de campamento militar de juguete, todos varones, rito de tetosterona y alcohol. Mucho huevo y chiste sexista. En medio de la noche nos “invadieron” un grupo de encapuchados como en las pelis, pero con coreografía de Chá, chá chá y entre cagazo y sentido de la vergüenza ajena, nos cagaban a patadas y nosotros nos teníamos que defender.

Mejor no les cuento mi reacción. Demasiado humillante.

Pero fue la primera vez que veía en mi infancia un suelo nocturno estrellado sin contaminación de luz urbana. Un cielo sin Luna, recuerdo, color azul Prusia, un azul tirando a negro pero con un brillo Francia… un azul topacio si  me apura. El brillo se lo daba el estallido de bolitas brillantes que se derramaba por todo el horizonte semicircular. Fue la primera vez que ví la bóveda que nos envuelve con los ojos limpios.

Quedé extasiado, asombrado, maravillado y excitado. Esas noches decidí que iba a ser astronauta, aunque cuando averigüé el rígido y milico plan de entrenamiento requerido, y el temita de irse a la NASA, tan lejos de mi vieja, negocié por astrónomo. Mi vieja ayudó a decidirme, porque todo lo que entendió de mis historias del campamento es que me gustaban las estrellas y me compro mis primeros tres libros. De astronomía.

El primero fue un intento fracasado. Un cuaderno finito, rectangular, muy bella edición, con esferas flotantes en la tapa y unas letras rojas angostas en el título. Un manual de astronomía tan técnico que vomitaba las palabras ni bien las leía. No pude avanzar una página. Hasta las ilustraciones eran técnicas. Horror.

Pero me gustó la idea, y le insistí a mi vieja a la semana siguiente.
Le cuento, mi vieja una vez por semana nos sacaba a pasear todo el centro de la ciudad, que para nosotros eran seis o siete cuadras hacia el Anfiteatro, llegar al Savoy Hotel, dar la vuelta por la Catedral y las fuentes de las tortuguitas, que tenía mosaicos de un celeste muy artificial y un fuerte olor a meo y óxido, producto de meo, claro, y del exceso de óxido ferroso de la tierra colorada. Y de ahí para casa de nuevo.

Algunas veces se metía en la tienda enorme que tenía todo tipo de ropa, valijas y utensilios para el hogar, territorio donde tenía el privilegio de ser de los pocos varones permitidos, con el tipo de seguridad y el gerente. Casa Tía. Tiendas Israelitas Argentinas. Toda la clase mierda posadeña era antisemita estilo siglo quince pero reconocía que eran los que mejor mercadería y precio tenían. Y atendían bien. Pero al igual que con los gitanos –estos sí, despreciados por sus costumbres familiares y religiosas, como por su vestimenta y el estilo campamento de sus casas, se apiñaban en los márgenes de la ciudad, antes de los barrios populares de los arroyos, y se dedicaban al contrabando y el tráfico de todo cuerpo o producto ilegal que viniese de Brasil y Paraguay.

Otras veces tocaba peluquería. Mi vieja nos llevaba en el momento del mes que la Luna hacía bajar la marea. Mi vieja era campesina de un bosque húmedo templado a sesenta metros del mar, en una costa hermosa. Cuando predominaban esas bajamares profundas, que aprovechaba para remover todo tipo de bivalvos con los dedos de los pies desnudos, almejas, mejillones, caracoles, coincidían con el momento en que todas las cosas con vida crecían más lento. Entonces calculaba y nos cortaba el pelo a los cuatro para ahorrarse cortes de pelo. Aunque tenía guita. Pero la cuidaba como si fuese pobre por principio, más allá de la circunstancia.

Y en esas recorridas yo la iba tirando para el lado de la esquina donde estaba su amiga peluquera, la portera del edificio de enfrente y el boliche de la quiniela. Entonces mi vieja saciaba el vicio de ansiedad con el destino de los números y la seductora magia del azar y se quitaba la culpa de los pares de australes que apostaba dándome un vicio a mí. Y yo pedía libros.

Con el segundo libro ustedes dirán “ya entendí toda esta crónica extraña”. Se apresuran a sacar conclusiones y pasar de la alegría a la decepción demasiado pronto. Sí, me compró un libro de astronomía de Isaac Asimov, el científico que creó mundos más maravillosos y perfectos que otros más filmados por Hollywood, entre Lovecraft y Star Treck con algo de Tolkien. Pero no, porque cuando llegué a casa descubrí que eran demostraciones matemáticas. Era un libro técnico de Isaac Asimov. Esa decepción tan cercana a la primera casi me quiebra. Hasta hoy no pude leer una novela de Asimov, de puro empachado.
La tercera semana no sé qué pasó, yo estaba medio desmoralizado pero mi vieja estaría feliz, o sería mi cumpleaños o cualquier excusa y me compró dos libros que marcaron mi vida para siempre, aunque recién lo descubriría treinta años después.

Cosmos de Carl Sagan, su primera edición de Planeta y Viaje hacia la Luna, la versión del clásico de Jules Verne adaptada para jóvenes de la colección roja y blanca de tapas duras que le hacía la competencia a la amarilla Robin Hood a fines de los 80.

Otra vez la sensación del cielo estrellado en el campo correntino. Sagan me partió y me cavó profundos surcos en el cerebro y la imaginación. Recuerdo la sensación fanática de que me hablaba a mí, que todas sus anécdotas de infancia e incluso de adolescencia, que todavía estaba en la carpeta de “cómo será el futuro lejano”, eran mi vida. Una noche como esta en que escribo esto, hace muy poco, deprimido y desolado, recién separado de mi amor más grande hasta ahora, retomé su lectura. Para mi asombro descubrí en ese libro frases e ideas que venía repitiendo hace casi diez años en las clases de secundario y que llegué a pensar que se trataba de deducciones originales mías. Para que no me tilden de pelotudo les cuento que así describe Borges su proceso de escritura. O sea que si Borges podía chorear, por qué un trucho como yo no.

Ahora que Julio, Julito, dándome kilos de historias de aventuras entretenidas y entreveradas ambientadas en ese mundo semicivilizado de la primera revolución industrial, rodeado todavía de reinos medievales y bucólicos que visitar en Europa misma ni te cuento en las colonias exóticas o en los barrios pobres de Dublin; historias con chin chin clan clan de espadachines de Dumas, de Sandokán y Simbad, de Kiplin y Jack London, historias con acción y reflexión a la Dickens pero divulgando los más sarpados avances de la tecnología del 1890, los trenes, los aviones, los globos aerostáticos, los barcos, la química, la astronomía, todo aplicado a sostener fábulas delirantes que sesenta años después se harían reales, dándole pasto a quienes creen ciegamente en el poder premonitorio y creador de la idea humana.

Los dos me galvanizaron. Y pasé casi cuarenta años sin saberlo, pero cuando pintaba, hacía música o daba clases, cuando me quemaba la columna y la dignidad revisando papeles viejos en museos y bibliotecas para chuparle la pija a algún subsidio del Estado, triste y patética vida de catacumba húmeda, fantaseaba esos cielos, esas historias de aventuras.

Ahora, para terminar, sólo quería decir que recién estaba mirando hacia el este por la ventana, y en el horizonte que me permite esta prisión, sobre las copas recortadas de enormes colmenas chetas de cemento y acrílico, y de las tipas del Parque del Centenario, a la altura de mis ojos me llama la atención la intensidad del brillo de un astro frente mío. Recuerdo que Leyla notó al comienzo del otoño calendario, a fines de marzo, que había estrellas gordas que no titilaban en el cielo del este, sobre las araucarias, jugando entre sus ramas y molestando el sueño de las cotorras.

Desde el eje exacto del Este, hacia mi izquierda, bajando con poca elevación hacia el noreste, sobre el Maldonado en Villa Crespo, en hilera Neptuno, Mercurio, Urano y el Sol.

Son las doce de la noche pasadas y es imposible que vea el Sol, que debe andar amaneciendo por la otra mitad del planeta. Lo sé porque ahora hay aplicaciones de celulares, gratuitas, como la que acabo de instalar, que si vos apuntás la pantalla te muestra el cielo que estás mirando con los nombres y datos de todos los elementos astrales que ocupan el cielo en ese momento. Una especie de telescopio HD en el celu.

Si levanto la cabeza de la pantalla de la compu donde escribo, el celu me marcaba cuando empecé a escribir que estaba mirando, viniendo del noroeste pero casi acostada en el Este, la segunda luna llena de este otoño suspendido del 2018. Y eso me alegra tanto como para escribirlo porque desde que empezó el último boom especulativo inmobiliario las micro y mega torres de 10 a 15 pisos volvieron a florecer como peste igual que en los 60, destrozando edificios de cien años a los cuales se oye aullar en las noches. Uno de ellos plantaron en la ventana por la que en los últimos doce años me arrulló la luna. Es bueno saber que detrás de este muro exterior que me recuerda todas mis cárceles, sigue estando ella, más fuerte que la gris arena y el verde cemento, sosteniéndome.

Ahora que vamos cerrando esto, Venus se empieza a colar por la pantalla del celu, como si pudiera levantar los ojos y atravesar el techo de la habitación con mirada de Superman.

En resumen, que flashié la aplicación y volví al campamento de Corrientes, a esa tarde de primavera tardía en los vestuarios sagrados de mi infancia misionera, al primer golpe represivo que recuerdo sobre mi sexoafectividad y al mayor abuso físico y sicológico que me violó el Estado en una avenida angosta y colonial de Constitución.

Y gracias a mi vieja encontré a Sagan y Verne, Cortázar y el Ciego de Palermo, Walsh y Oesterheld, a Engels y Marx, Stephen Jay Gould y Los Simpson, Altamira y Rieznik, el asombro por la verdad desconocida y la fantasía de la literatura de aventuras, la eterna búsqueda de uno mismo en el desconocido cosmos de nuestro inconsciente.

Y ahora encuentro un niño abusado que no recuerda si realmente besó a su compañerito de banco en los baños de la escuela o no.

El tiempo no es una cosa absoluta, como el dulce de leche. Es relativa, es una relación entre la distancia física, el espacio vamos, y la velocidad con que se atraviesa.

Ahora cualquier diletante puede ver frente así lo que antes era invisible sin un telescopio caro sin el conocimiento torturoso necesario para comprenderlo. Ahí están, en perfecta línea el dios de los océanos los lagos y los ríos, del agua primordial, el santo del comercio y los mandados, el abuelo del dios de las aguas y de su hermano más famoso, el violador serial de diosas dóricas y corintias, el trueno, y padre, sin más del tiempo.

Que el Cielo embarazó a la Tierra del Tiempo Eterno y Universal es una idea que no sólo se le ocurrió a los pobladores del Egeo, el Nilo o el Éufrates.

Algo que sabía mejor mi vieja que mi viejo.

Pero tuvimos que esperar a Einstein para empezar a entenderlo. Y al desarrollo tecnológico parido por la explotación de millones de generaciones de niñitas y gurises abusados.

Para ver hay que tener paciencia y dedicación de curiosidad.  Para comprender se necesita saber y tener buenos anteojos. Para sobrevivir, es imperioso, luchar para buscar la verdad, y animarse a verla.

sábado, 10 de marzo de 2018

Poesía de la descomposición

Una lectura de Apparatchikis, de Mario Castells, Caballo Negro Editora, Córdoba, 2017.



Somos hojitas del incontable árbol de la vida. Cada quien es el resultado definitivo de un complejo entramado de leyes físicas, químicas y sociales que pueden ser comprendidas, estudiadas y analizadas. La paradoja es que casi nadie puede asimilar con perfecta claridad la particular forma en que esas leyes se entrelazaron para darnos a luz.

El MAS, Movimiento al Socialismo, fue quizás el mayor partido de izquierda de la historia argentina al calor del alfonsinismo. Última parada de un largo y a veces heroico camino que empezara a transitar Hugo Bressano, más conocido por su nombre de guerra, Nahuel Moreno, en los años cuarenta. Todavía hoy, menos de medio siglo de su muerte, y la de su corriente, ningún historiador o historiadora ha podido juntar un sinfín de minutas, editoriales, anécdotas y juicios parciales para escribir la historia del morenismo, la debacle de ese enorme sueño que tantas veces se ilusionó con la victoria y tantas veces se frustró sin ella.

Ni por pasión de anticuario o archivista, ni por puro prurito de intelectual, la ausencia de un balance sobre la explosión de la corriente trotskista más significativa de la historia de la lucha de clases de la última mitad del siglo 20 en nuestras pampas es un déficit que golpeará muchos años todavía a las generaciones que siguen intentando poner en pie un partido obrero en nuestro país.

Principalmente para sus herederos directos, pero también para todos los demás, incluyendo sobre todo a quienes más la han atacado –con razón o no- porque ese desapego les ha impedido empatizar lo suficiente con el derrotero de esa corriente como para verse reflejados en sus miserias.

Sin embargo hay un escritor, Mario Castells, que ha decidido poner en palabras impresas su balance personal de la última parte de ese desbarranque. En el año electoral del 2007, con la ruptura largo tiempo contenida del MST entre el MST-Nueva Izquierda e Izquierda Socialista (Documento Uno y Documento Dos, como se los conoció mientras sobrevivían un estancado divorcio) la debacle del mayor heredero del MAS sembró dos años después el paroxismo de dinamitar su bandera y sus colores detrás del enésimo engendro de centroizquierda parido por Pino Solanas, Proyecto Sur.

Al protagonista y narrador de Apparatchikis, Darío Castelví, le tocó atestiguar en el ojo del huracán ese año desgarrador, entrampado en los nudos superpuestos de sus propias frustraciones personales –amor, militancia, profesión- y tironeado por las luchas internas de su dirección nacional, regional y la descomposición política de las bases.

El escenario de la tragedia transcurre entre los locales partidarios de Tucumán y Perú y la Facultad de Filosofía y Letras, Once y Caballito y la bizarra noche de la Facultad de Veterinaria, Villa del Parque y Devoto. Un Roberto Arlt agudo y sensible, inundado de tristeza y nostalgia de su Rosario natal y su Paraguay añorado, es este Mario Castells que logró tirar esta andanada de aguafuertes sin filtro, sin photoshop, casi sin engaños literarios.

Existencialismo y realismo

Se trata de una novela donde se encuentran la necesidad hiriente de todo revolucionario trotskista consciente de llegar a un balance exacto de la experiencia política vivida con los recursos sicológicos de la literatura existencialista para pasar ese tamiz. Quizás la imposibilidad del autor para tomar distancia crítica de su propio desgarro íntimo le haya impedido salirse del cúmulo insoportable del dolor íntimo, encontrando en el examen minucioso de ese impresionismo tan verdadero, tan real, un camino de salida.

Se inscribe así en la tradición de una novelística desaparecida, la de otro rosarino, Roger Plá en su Los robinsones de 1943 pero con la sinceridad cruel de David Viñas en su Dar la cara, de 1962. Ambos cometieron a su turno un balance de la generación de jóvenes universitarios que llenaron las filas de la izquierda y sus preocupaciones más íntimas, Plá en esos años 30 donde se gestaban los rudimentos de un nacionalismo de izquierda que terminaría dividido entre el peronismo y el comunismo estalinista; Viñas repensando el impacto de la Libertadora en la camada de la nueva izquierda peronista, teñida de Sartre y Freud, de la segunda mitad de los años 50.

Aunque podríamos haber leído cuatrocientas páginas más, Castells nos ha ahorrado el monólogo interior de cada uno y una de sus personajes y el ensayismo típico de esa novelística ya olvidada. Mientras Viñas y Plá escribían al influjo de esa escuela que fue para los escritores del siglo 20 La condición humana de Malraux (1933) Los caminos de la libertad de Jean Paul Sartre (1945-49) o esa radiografía sarcástica y despiadada de la intelectualidad de izquierda universitaria que comete Simone de Beauvoir en Los mandarines (1954), la vena proletaria y trosca de Castells prefiere la sencillez narrativa del cross a la mandíbula de las aguafuertes de Arlt, la verdad por sí misma, en cuero, y algo de ese tono fraterno pero ácido que usa Leopoldo Marechal en su Adán Buenosayres de 1948 para desnudar la verdad debajo de los arrabales idílicos de su adolescencia rebelde junto a Borges y Xul Solar, al mismo tiempo que se caga de risa de sus mitológicas aventuras juntos.

Estas son meras especulaciones construidas, faltaba más, desde un recorrido puramente personal. Se trata de una genealogía arbitraria que habla más de las lecturas propias que de las del autor, que desconocemos. Sin embargo, hay en el comienzo de la nouvelle y en su final una referencia clara –aunque no evidente- del Zama (1956) famoso y desconocido de Antonio Di Benedetto, en esos perros jugando en el borde de la muerte absurda, en ese comienzo del viaje de vuelta al origen del final, lleno de una paz tan parecida a la muerte y la resurrección.

Quizás algo de todo esto pueda defenderse también en esa miscelánea del capítulo 5, cuando Castelví elude la rosca mezquina y miserable de las reuniones políticas de carpa chica de las agrupaciones de Filo que rosquean asambleas y listas y carguitos para zambullirse en una clase de crítica literaria (“ese agite de peques barderos que es la política universitaria”).

Como si la tragedia se empeñase, queriendo oír a Viñas termina recalando en uno de esos tan característicos profesores que mezclan erudición berreta y desprecio póstumo por cualquier intento de literatura proletaria. Filo sigue siendo, como siempre, la amansadora que transforma ilusiones sinceras de socialismo en la charca del presupuesto del Estado y al mismo tiempo la trituradora de espíritus que llegan buscando la literatura como arma de la revolución para ser convencidos de que la revolución es un sueño absurdo, igual que la literatura. Pero ya no quedan ni los Urondo ni los Viñas, ni los Rieznik que la contrapesaban.

A lo macho

Se trata también de una confesión a lo macho. Castells prefiere quedar bien con la verdad desnuda antes que con la corrección política. Su alter ego desnuda un machismo cavernario, llenando las cien páginas de un documental sobre la mirada del macho que caracteriza mujeres como cuerpos bellos a través de cánones tan clásicos como excecrables ("amar es tragar, querer es escupir"). Darío, militante socialista formado por lo tanto en la concepción más humanista posible, se iguala no obstante a esos viejos paraguayos escabiando caña a la entrada de la villa y felicitándolo por la morocha que lo acompañaba como quien aplaude al pescador por su presa. No se trata tan solo de una identidad basada en el conocimiento vedado para el resto de la hermosa lengua guaraní, sino también y sobre todo de saberse parte de esa cultura milenaria donde la hembra ocupa ese lugar. Castells no parece reivindicar a Castelví pero tampoco se esfuerza por criticarlo. Otra vez nos muestra la mierda tal y como existe más allá de la discusión ética.

En todo caso, y aunque no lo diga, la misma tarea de publicar estas imágenes sirve de confesión y denuncia. La descomposición moral de los personajes se muestra con más crudeza allí, en sus relaciones voluntarias, en esa triste forma de reducir el amor romántico o idealista en una mera compulsa histérica, en la amargura del sarcasmo reemplazando la dulzura. A riesgo de sonar complaciente, también es cierto que Castelví recorre la novela sangrando su desamor, torturado por su propia responsabilidad en el descuido afectivo de las relaciones que amó.

Hay en todo esto algo de la confesión descarnada y amoral de Julio Sosa recitando Por qué canto así en esa inolvidable versión de La Cumparsita con el bandoneón de Leopordo Federico. La enorme presión de la miseria nos fabrica así. Ahí está el artista para mostrarse tal como es su alma destrozada, sin evadir la responsabilidad ante el dolor causado a otras, sus víctimas, sin la pedantería de pararse frente a sus miserias con tono sacerdotal o careta. Sin falso orgullo ni mentirosa “deconstrucción”.

Poeta de arrabal

No es ninguna novedad la maestría de Castells para la narración poética. Una capacidad envidiable para describir su propia experiencia de individuo desgarrado acompaña toda su obra. El desgarro del migrante eterno sin lugar fijo y con cientos de paraísos perdidos ya estaba toda en su El mosto y la queresa. Ahora viene a traernos esas imborrables impresiones auditivas y visuales, esa también envidiable capacidad para el registro de los dialectos porteño, rosarino, guaraní y paraguayo en la descripción de una pareja entrando a la 1-11-14 para pegar merca o su sutil registro de la pequeño burguesía progre de Caballito en el trayecto entre Sócrates, el Parque Chacabuco y un pehache reciclado frente a la cancha de Ferro.

Un antropólogo casi perfecto recorriendo el reviente de Once y las alturas ilusorias de la 
clase media universitaria, Castells pone toda su maestría al servicio de una novela proletaria para despreciar con altura a esos maestros ciruela que llenan las cátedras de la UBA o la UNR vomitando sandeces sobre la imposibilidad de una literatura proletaria y socialista.

En cada momento de este oscuro viaje el protagonista se detiene a respirar en la naturaleza que invade la urbe ficticia, las lluvias torrenciales y apocalípticas de otoño y primavera, el canto de los zorzales a la madrugada, cada árbol que lo rodea con su identidad definida, la brisa de los amaneceres devolviéndole la vida a los fantasmas. Pura poesía por donde lea. Agridulce, amarga y dulce, como la vida misma. En una de tantas apreciaciones geniales, Castells nos hace notar el detalle que diferencia a las villas de Capital con las del resto de las grandes ciudades del litoral, como su amada Rosario. En las villas porteñas no queda resabio de ruralidad. El origen campesino ha sido borrado del paisaje, sepultado bajo el ladrillo hueco a la vista y el asfalto.

Como el perseguidor de Cortázar, Castelví se aferra en sus peores momentos de perdición de esa nostalgia doblemente desarraigada en latitud y naturaleza. De la porquería politiquera de Filo se refugia en el pino del patio de la vieja fábrica devenida claustro, de la amargura del desamor construye un paraíso inocente y puro de amor libre bajo un Nogal de Vete. La lluvia torrencial del estuario del Río de la Plata lo atormenta pero también lo lava, lo limpia y lo abraza maternalmente, a la Gene Kelly como él mismo señala.

“Estamos enfermos, perdonennos”

El de Castells entonces, es un realismo crudo y sincero que nadie que haya visitado esta parte de la historia podrá decir que miente, salvo que quiera proteger el propio pellejo. Fiel al manual de la catarsis y el duelo Castells no tiene piedad con ninguno de los personajes que desfilan por su historia, ni siquiera con su alter ego. Se desnuda a un nivel casi imposible. Abre el pecho al sablazo como Solano López ante la partida de cobardes que lo va a liquidar. Entrega su nouvelle a riesgo consciente de que sus viejos enemigos lo descuarticen como a Túpak Amaru en la Plaza Mayor de Lima, pero con la confianza ciega de que su martirio servirá a les sobrevivientes de la masacre y la derrota para entenderse y rearmarse.

Cada compañera o compañero que haya experimentado el doloroso desgarro de entregar su vida a la militancia durante el tiempo necesario para saber que le definió la vida para siempre, le debe a Castells un agradecimiento por su libro. El artista se ha animado a denudar al Rey en medio de la comitiva de aduladores. Su obra no ofrece todos los detalles que permitan entender las causas de lo que pasó, quizás porque el propio autor no haya logrado reunirlas todas con claridad en medio del dolor que todavía se siente al leer esas páginas. O más probable porque su amor por la buena literatura le prohiba ensuciarla de ensayismo. Pero en esta obra están los indicios que pueden permitir comprender.

Esa militancia trosca tan bien descrita estaba rota y en proceso de descomposición. Sus cuerpos y sensibilidades expresaban la putrefacción política de una dirección que manejaba un barco detrás del oro mítico de los cargos, El Dorado de la caja del Estado democrático, la  sucia prebenda que como un Midas invertido, corrompe lo que tocaa. Como cualquier adicto a la merca, toda corriente revolucionaria que alcanza la posibilidad del crecimiento electoral cree que va a poder controlar los efectos nefastos para que sólo se desarrollen las virtudes que el oro del Estado permite.

“1987-88 fue una época bien loca y prolífica. Pero también marcaba el inicio de una decadencia: Para nosotros la muerte de Luca se pegaba a la de Moreno.” confiesa Darío Castelví y quizás haya allí una punta para comenzar a entender a una generación de luchadores y luchadoras de la juventud obrera que entregó su juventud en los 90 para construir una alternativa por izquierda a un país que también iniciaba su debacle.

La juventud que luchó en los 90 se enfrentó con sus ilusiones a un genocidio de ilusiones. Caía el muro de Berlín y la utopía encarnada más importante de la lucha humana por el Paraíso en la Tierra implotaba con la URSS. Una a una también mostraban la hilacha las ilusiones que venían a reemplazarla, la revolución democrática alfonsinista, el rock libertario, la libre sexualidad, todo se fue desmoronando para quienes recién empezaban a luchar. Encima encontrarse con una pesada herencia de dolor y derrota de los sobrevivientes de los 70, en medio del menemismo arrasador. El fin de la historia vivido desde el peor lado posible, el de quienes queríamos el triunfo de la humanidad sobre sus cadenas de oprobio y muerte.

Castells es, como Arlt y como Viñas, todo lo cruel que su memoria le indica, casi al límite de la traición a los códigos de la clandestinidad revolucionaria, con los personajes que militaban a la par. Pero también como Arlt sostiene una ternura irrenunciable para quienes fueron sus seres más queridos, su única ligazón con el mundo durante esos terribles y solitarios años. Son troscos y troscas reales, de carne y hueso como él y en cada descripción descarnada se puede notar la caricia del recuerdo fraternal. 

Por el contrario, a los responsables de esta tragedia, los dirigentes políticos que tenían en sus manos el destino de la organización y su militancia, casi no los describe en detalle. Cuánto más odio se puede interpretar en esas palabras casi textuales, frías e inhumanas, destiladas por verdaderos hombres de aparato, preocupados únicamente por la salud de la organización, del esqueleto, que condujeron a la derrota.

Con la objetividad del informe político para internos, Castells cita textualmente al máximo dirigente de su organización arengando a una tropa de almas rotas para que dejen el resto de su vida por la más miserable de las causas, la elección de legisladores o diputados:

“Compañeros, dicen que la regional tiene severos problemas con las drogas, dijo. Yo no vengo a hablarles como un moralista descarado sino como un compañero. Sabemos de los problemas que existen en sus vidas, en sus casas. Estamos en una etapa de descomposición social muy grande. Los problemas de la vida cotidiana son muy importantes y tendremos que remediarlos oportunamente. Así nos lo enseñaron nuestros maestros; de ellos habla Trotsky… El mismo compañero Hugo en la moral y la actividad revolucionaria trata el tema. Yo lo que les quiero pedir, no obstante, es frenar la rabia, aguantar un tiempo. Faltan quince días para que termine la campaña electoral. Ese es el lapso que debemos resistir y más aún, es el espacio de tiempo que les pedimos a todos. Les pedimos que aguanten, qe saquen fuerzas de donde no tienen. Tenemos que matarnos en esta campaña electoral. Si hay que tomar merca, tomaremos. Dentro de los balances, nos sacaremos los ojos, como corresponde. Hoy solo tenemos que pensar en la campaña electoral. Lo digo sin caretearla. Por quince días les pedimos que no sean otra cosa que militantes electorales. Ni estudiantes, ni novios, ni hermanos.”

Pedir la vida de tantos y tantas militantes a cambio de un roñoso tres o cuatro por ciento de los votos a Jefe de Gobierno o Legislatura. El mismo dirigente que bajo los cuadros solemnes del fundador mítico de la corriente o las banderas con los nombres de sus mártires negocia las ilusiones de un militante que busca desarrollar el socialismo en las tierras de sus ancestros a cambio de un chantaje con sus necesidades materiales. 

Si sólo sirviera para que cada compañera y compañero reaccionara con toda su energía y capacidad ante el menor atisbo de burocratización y electoralismo en su propia orga, esta novela habría cumplido una enorme función política. Porque la peor merca es la que toma una dirección política que reduce todo con ese cinismo y lo envuelve de bellas citas de los grandes héroes.

El mono en el remolino


En ese primer capítulo donde los perros se pelean frente a las obras de la estación Puán en eterna construcción Castelví creyó entrever su propio final y el de su corriente mucho más que en las fiestas desbarrancadas de Fylo o Vete o esa exquisita batalla final contra la barra brava de All Boys en un bar de Floresta, tan bien narrada, tan sublime y épica.

Si es cierto que las derrotas son las mejores maestras de esta cruda descripción deberían brotar las mejores enseñanzas. Quienes vivimos de cerca esos hermosos años de revolución del Argentinazo y nos fuimos desgranando en el tobogán pútrido del kirchnerismo, reviviendo como farsa una y otra vez ese 87-88 que recuerda el poeta, deberíamos encontrar en esta novela una soga para empezar a entender tanto dolor. Pero sobre todas las cosas, esas nuevas generaciones de jóvenes que luchan hoy, al calor del crecimiento del movimiento feminista o del Frente de Izquierda, deberán abrevar en esta novela corta como alarma para saber detectar a tiempo los síntomas de la descomposición política en sus propias organizaciones.

Dudo mucho que la política universitaria hoy haya dejado de ser esa charca desagradable que fue en los 90 y primeros años del 2000 que tan bien describe Castells. Las denuncias por violencia machista entre las organizaciones de izquierda y bandas de rock hacen presagiar que la mancha de aceite pestilente de la claudicación ante la democracia burguesa avanza con temeridad entre nuestros sueños.

Habrá quienes usarán esta novela para demostrar que la militancia de izquierda es una mentira aborrecible de la que hay que escapar. Algunos también con perfidia podrán alabarla porque huye de la semblanza heroica típica del realismo socialista. Yo la he leído desde otro lugar. Apesadumbrado todavía por mis propias frustraciones en experiencias tan similares no he bajado los brazos y sigo queriendo soñar con que algún día podremos encontrarle la vuelta a las presiones que este régimen de muerte nos tira en el lomo a quienes osamos desafiarle. 

Iluso o no, leo Apparatchikis como quien necesita cicatrizar la herida sin otra cosa a mano que un palo encendido. El fuego limpia mientras destruye. Su claridad permite sacar de las sombras las bases ocultas de las relaciones que uno construye o que lo construyen a uno. La verdad duele, pero es la única forma de construir sobre seguro.

Como frente a toda herida abierta, el lector o lectora puede pararse en alguna de las dos caras de la contradicción y reconstruir la historia desde allí. En su traducción del I Ching, el alemán existencialista a la Heidegger interpreta el hexagrama número 23, “PO, La Desintegración”, literalmente. Cinco líneas oscuras, representativas de las fuerzas negativas del universo avanzan acosando a la única línea de luz, y recomienda no moverse ante el peligro, no avanzar. Sin embargo, Wilhelm tuvo la honestidad intelectual suficiente para publicar las interpretaciones del maestro Confucio, cinco mil años anteriores. Allí, el intelectual oriental subraya el poder indestructible de esa solitaria línea de luz, sobreviviente invencible de esa andanada de oscuridad que la rodea. 

La desintegración es leída como descomposición y la descomposición como un proceso necesario para encontrar el camino de salida, el ciclo necesario para que la vida se abra paso nuevamente de sus propias cenizas.

Creo que Mario Castells ha publicado este balance después de tantos abortos porque lo anima la misma esperanza, el recitado de Castelví recordando las palabras de Solano López, que son tan parecidas a las de Trotsky antes de morir, es mi única prueba. De la derrota sólo se pueden sacar conclusiones para dejar a los que vienen detrás:

…vencedor no es el que queda con vida en el campo de batalla, sino el que muere por una causa bella. Seremos vilipendiados por una generación surgida del desastre, que llevará la derrota en el alma, y en la sangre, como un veneno, el odio del vencedor.”

Como sea, ningún/a militante debería perderse la oportunidad de mirarse en el reflejo del abismo que ha publicado Castells y sacar sus propias conclusiones.