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sábado, 8 de octubre de 2016

Teatro: el bien y el mal definen por penal


(Impresiones sobre El alma buena de Sezuán, por el Grupo de Teatro Tambó, en el Centro Cultural Chacra de los Remedios, Parque Avellaneda, Ciudad de Buenos Aires, viernes 7 de octubre de 2016).

­La voz popular se asombra habitualmente de una salud y educación que se caen a pedazos pero celebra que la docencia y el personal de los hospitales son casi héroes y heroínas que curan y enseñan a pesar de todo.

Con la cultura pasa otro tanto. Una andanada de porquerías refritadas inundando las casas desde los televisores y pantallas táctiles, un gobierno que al revés que el Rey Midas todo lo que toca lo transmuta en caca, pero con un enorme gasto de marketing y packaging. Y sin embargo, las y los artistas no se han dejado vencer.

Mientras el Centro Cultural San Martín está vaciado, rematado y destruido gracias al comunista Lombardi, el Grupo de Teatro autogestivo Tambo monta un Brecht de la mejor calidad técnica en uno de los viejos edificios que supo tener la familia Avellaneda en su chacra y que ahora son parte del patrimonio de la Ciudad.

Brecht en China
Quienes nos lanzamos con impunidad a dar nuestra opinión de cosas que no sabemos, como el teatro, siempre debemos comenzar reseñas como esta, explicando al lector o lectora nuestros límites. Todavía más si se trata de Bertolt Brecht.

En una breve investigación por internet un estudioso extranjero nos dice una gran verdad: el teatro de Brecht se disfruta más cuanto más se conoce la obra y sus dispositivos.
En los años 30 del siglo 20, el artista alemán estaba madurando un concepto del teatro que luego lo haría famoso y único. Un teatro que no quiere generar la empatía del espectador con la trama o los protagonistas, usufructuando la identificación emocional para trasladar al espectador de una emoción a otra. Los estados emocionales intensos tienden a impedir que la conciencia piense con claridad. Brecht rechaza la intención del teatro clásico griego de abrir un espacio para la catarsis, para que el público exteriorice sus sentimientos profundos y ocultos a través de la trama y los personajes. No quiere manipular afectivamente al espectador para “bajarle línea”.

Brecht quiere que su espectador/a piense, razone, cuestione su realidad con su propia cabeza y no con las ideas del director. De ahí que todos sus recursos apunten al famoso “distanciamiento”, a cortar todo lo posible la empatía y la identificación.
Entonces qué mejor que trasladarnos a una provincia desconocida de China, Sezuán, una cultura que incluso los especialistas de Occidente no conocen a fondo. ¿Cómo empatizar con ropas y peinados extraños, con una idea de ciudad diferente a la nuestra, con maquillajes y rostros que no sabemos dónde colocar, con toda una serie de nombres que nos cuesta retener salvo por la fonética?

Además Brecht encontró en el teatro chino una tradición estética que según diversos estudiosos de su obra terminó de soldar el concepto. El teatro tradicional, todavía en la China de principios del siglo 20, sostenía concepciones milenarias. Era un teatro que mantenía la intención original de la comunicación colectiva con los espíritus y divinidades, un teatro religioso en el sentido de las sociabilidades neolíticas, un teatro chamánico, ya que intentaba provocar un éxtasis colectivo de reunión con ancestros y seres espirituales. Para eso se valía de la máscara, el ornamento, la danza, la música y con seguridad de la ingesta de sustancias alucinógenas.

Este uso de los objetos, del vestuario, del maquillaje, la música y la danza -dicen quienes conocen- terminó de soldar en Brecht esta idea del distanciamiento para poder crear un conjunto de sensaciones que moviesen a sus espectadores de un simple lugar pasivo para empujarlos a una acción colectiva que los incluyese y los obligase a pensar y a tomar una posición política frente al drama representado.

Teatro dialéctico
Esto logra en nuestra sensibilidad el Grupo Tambó. Fueron dos horas de una movilización de sentidos. En primer lugar nuestra vista, colmada de texturas y colores, en una “sala” trabajada desde las luces y sombras, con el cuidado de quien conoce el lugar donde ensaya y vive buena parte de su vida cotidiana. Un viejo tambo pampeano transformado con esmero y sin mucha guita en un útero acogedor, un gran espacio de sombras aprovechado al máximo, que nos contiene cuando es necesario concentrarnos en la escena, en un debate, en el diálogo de los protagonistas con el público, pero que estalla y se abre, sin límites, cuando la obra nos envuelve y nos hace partícipes de ella.

Se trata de un colectivo teatral de más de veinte mujeres y hombres que llevan trabajando juntos/as desde 2005. (Lamentablemente el humilde prospecto de obra que nos han alcanzado no distingue cada actriz/actor con el/la personaje intepretado, haciendo gala de un horizontalismo que contradictoriamente distingue nombre y apellido del equipo de dirección y la musicalización; en honor a ese espíritu anarquista no mencionaremos ni a unos/as ni a otros/as).

Esa costumbre, esa sintonía que aporta el tiempo y la cercanía se ve reflejada en la “fotografía” de la obra. El director y sus actores y actrices colaboran en lograr escenas que nos recuerdan a óleos del Greco, aquéllos que combinan ocres, sepias y dorados con el claroscuro de luz y sombra. Un vecino de butaca no pudo contener la sensación generalizada y detectaba cuadros de una visualidad tan placentera que no paraba de sacar fotos con su Smartphone. Por momentos uno sentía estar en una galería, recorriendo pinturas.
Luego la música. Con el compositor en escena permanentemente, la obra recurre al cine mudo, y prácticamente cada paso y gesto es subrayado o acompañado por un flautín, una quena, la guitarra criolla o la percusión, logrando un clima muy particular, que involucra el juego, el deleite de otro sentido puesto en comunión y también una gran canción que no hace más que desplegarse hasta el final.

Pero esto no deja de ser teatro y se apoya en las actuaciones. Acá Brecht hace algo muy típico de su propuesta, utiliza estructuras narrativas clásicas para soportar mensajes absolutamente novedosos y disruptivos. Pero tenemos al personaje del aguatero, excelentemente desarrollado en lo corporal, un par de gestos de manos y su registro vocal, quien nos guía por toda la obra, como el Puck de Una noche de verano entrando y saliendo de la trama a piaccere, interpelando a los protagonistas pero también a nosotros, carne de butaca, con total desparpajo; este Puck es todo lo contrario de aquél, personificación de la culpa sufriente, del despojo humano que ha perdido la dignidad frente a su pobreza y lo 
sabe, de una excelente interpretación.

El otro pilar de la obra es el mismo dios. Un hombre alto vestido de blanco en punta, con ropajes que salen de lo ordinario y que por la forma de moverse sobre el escenario, su intérprete nos lo deja sentir etéreo, más alto de lo que ya es, imponente en su manejo de una voz grave y gutural. Un dios típico de Brecht, cínico y egoísta, que ha dejado los cielos para inspeccionar si el mundo que ha creado sirve para algo.

Toda la trama se sostiene en esta averiguación: dios estará satisfecho si al menos encuentra un alma buena en toda su creación.

La capital de Sezuán, como la Berlín en la que Bertolt vivía y luchaba, estaba sumida en la miseria económica y moral y el pobre dios no encontraba si quiera un burgués o pequeño burgués que lo dejase dormir un par de noches en su casa. Hasta que el aguatero convence a una de las putas de la ciudad, quien le permite a dios pasar la noche en el cuarto de la casa que alquila.

Y ahí empieza otra capa de esta experiencia maravillosa que fue asistir a El alma buena de Sezuán: un protagónico femenino conmovedor. Un trabajo del cuerpo, la expresión corporal y de rostro genial. La actriz pule un alma generosa y desprendida que pacta con dios el compromiso de hacer buenas acciones a cambio de mil dólares de plata que usa para salir de su condición de prostituta e intentar una vida de pequeña comerciante vendiendo tabaco.
Todas las miserias de su barrio, todas esas desagradables personas que la humillaron y maltrataron cuando era puta se tornan ahora en hipocresía desagradable para mendigarle su compasión y ayuda y una a una el alma buena las va congraciando. Deja que una familia entera de aprovechadores se instale en su nueva casa, sufre con puntualidad los pagos de un alquiler leonino en manos de una usurera dostoievskiana. Llega incluso a soportar la estafa del hombre de quien se enamora apasionadamente.

Toda la obra se para en una tensión moral: la iglesia obliga a los más pobres de sus fieles a “ser buenos” y poner la otra mejilla, sufrir las desgracias del mundo para alcanzar la felicidad en el Paraíso prometido. Pero el sacrificio personal del alma buena y generosa va ocasionando su segura ruina.

Y allí Brecht hace algo que se sale de los cánones de todo lo dicho y el protagónico se desdobla en su contrario, el primo de la puta, que aparece para corregir sus actos generosos. 
Y así, mientras la puta alberga a la familia de aprovechadores el primo los desaloja con la policía, mientras ella se enamora y entrega toda su fortuna al ser amado e idealizado, el primo lo obliga a trabajar bajo su mando en la fábrica de tabaco para pagar sus deudas.

Magistralmente, en el clímax de la historia, el conjunto de actores y actrices, junto al músico en escena y el mismo director somos incluidos en una fiesta pagana, en una orgía bizarra y barroca para celebrar la hipocresía de ese conjunto social, invitados de prepo al casamiento de la puta de Sezuán con su enamorado el aviador. Un casamiento por amor, muy raro en la cultura china, donde los matrimonios son alianzas económicas y políticas en cualquiera de los estratos sociales, pero sin el adorno que nuestra sociedad democrática les impone.

Salidos de esa fiesta desagradable nos interpelan en el juicio que da fin a la obra, donde el propio dios es juez y el primo de la puta es acusado de secuestrar a su prima por los obreros de su fábrica y defendido por toda la burguesía y pequeño burguesía acomodada de la ciudad, que lo considera un “hombre de bien”, “que se atiene a las leyes” dice el representante del Estado.

Quien termina siendo juzgado es el propio dios y el mundo que ha diseñado para nosotros. El aguatero deja su función de guía en manos alternativas, la madre del aviador y un peluquero genial que al final corona la obra con un alegato propio del genial alemán.
Cabe señalar lo bien logradas que están las escenas colectivas. La veintena de actores y actrices se mueven por el espacio como un solo cuerpo con veinte caras y voces, se nota una dinámica muy trabajada entre la dirección y sus dirigidos. Los personajes “secundarios” se roban las escenas cada vez que el guión les pide participar. Nadie desentona pero tampoco se pierden las singularidades en una colectivización forzosa de los individuos.

También hay que destacar un trabajo impecable de adaptación del guión usando un lenguaje muy porteño en situaciones clave de la trama, donde haber sido fieles a la traducción española o neutra hubiese sido un crimen. En este pequeño detalle se nota toda la capacidad de comprensión de la propuesta de Brecht, porque su humor, su cinismo, su intento de dialogar con un público popular sin caer en populismos hipócritas, se condensa en este tipo de giros coloquiales que los guionistas han sabido traducir en su intención original más que en el apego a los diccionarios.

Socialismo o Barbarie
Extrañamente quien escribe no cayó en las garras de Brecht. Mi sensación fue muy contradictoria. Convocado por una excelente y muy elaborada puesta brechtiana para “distanciarme” emocionalmente de trama y personajes, no pude más que llorar casi todo el tercio final. Si bien pude mantener toda la obra la tensión de la conciencia en la búsqueda de problemas y contradicciones, lo cierto es que el conjunto de sensaciones y una poderosa actuación de la protagonista lograron que empatizara.

Pero no se trató de la misma sensación de empatía emocional que mirando una película hollywoodense del estilo Titanic o de una telenovela mexicana de la tarde. Creo que la identificación que me conmocionó fue la de estar pensando los límites de la propia sociedad donde vivimos. El éxito del Grupo Tambo es que logra confrontarte con tu propio presente, obligándote a empatizar con lo esencial, con el planteo de fondo y no con los detalles de trama y personajes.

Es un teatro verdaderamente dialéctico, la contradicción de mirar desde afuera una situación extraña (el debate moral de una prostituta en una ciudad extravagante de China) que lo coloca a uno en un debate sobre la sociedad en la que vive en la coyuntura en la que vive.

En medio de un ajuste voraz promovido por un gobierno sin ningún tipo de sensibilidad social, después de cuatro años de recesión económica motorizados por otro gobierno con mucha carga de promesa y edulcorante artificial; en medio de un marcado deterioro de las condiciones materiales de vida, nunca pude salir de la idea que ese barrio pobre de Sezuán era el mismo Villa Soldati donde trabajo como docente hace diez años.

Efectivamente, como cuenta Brecht, que vivió bajo los espasmos de la República de Weimar y el comienzo del nazismo, la miseria impone la barbarie. El altruista es pagado con la destrucción de su vida, tarde o temprano se quiebra bajo el rigor de la falta elemental de códigos y humanidad de sus vecinos. En este clima sólo el despiadado, quien carece de compasión alguna, consigue moverse con rapidez, sacar ventaja, obtener una ganancia del sufrimiento generalizado.

Brecht tuvo la genial idea de poner en el mismo cuerpo esa contradicción antitética: el bien y el mal combaten en el alma de la prostituta de Sezuán y todos los presentes somos obligados a tomar posición.

El protagónico es tan exigente, que sin cambio de vestuario ni telón, basándose únicamente en la exigencia sobre su cuerpo, en un simple cambio en forma de pararse y caminar la escena, en el manejo de su voz, entre el barítono y la soprano, la protagonista nos da un alma buena o su contrario. E incluso un Brecht que no esconde el juego, nos hace dudar de quién es quién.

Los alegatos donde la prostituta buena cuestiona la barbarie y falta de solidaridad de sus vecinos pobres (“Si en una ciudad ocurre una injusticia debe haber una revuelta. Y si no hay una revuelta más vale que la ciudad perezca por el fuego antes de que la noche caiga”) o cuando encara al público con la decisión de enamorarse ya tomada, o luego del desgarro del matrimonio fallido son, sencillamente, conmovedores. Es posible ver las lágrimas correr sobre la máscara blanca y roja del maquillaje pero también se las puede ver en el tono de la voz, desgarrado y firme como el de cualquier madre pobre dispuesta a la batalla por su hijo. Recuerda a las actrices protagónicas de la ópera en el canto agudo del clímax, concentrando toda la tensión emotiva en un gesto de su rostro. Sublime.

En lo personal lloré con esa alma desgarrada que no encuentra en la generosidad la posibilidad de progresar. Busqué y esperé inconscientemente el giro en la trama que me permitiera resolver el problema con algo de paz. Y a pesar que el coro y los corifeos llenaron el espacio de músicas colectivas, danzas y gritos, y que dios jugaba con un humor ácido a cortar el clima desesperante alrededor de la protagonista, nunca pude salir de ese dolor.
Brecht no quiso. No hay en la obra la oferta de una salida satisfactoria, porque esta sociedad está podrida y no la tiene. Deberíamos cambiar de sociedad, de guión o de dioses. No hay un atajo. No existe sueño individual, giro azaroso del destino, nada en absoluto que vaya a cambiar las cosas: los buenos y generosos en esta sociedad son devorados y destrozados, las almas nefastas, que viven del sufrimiento ajeno, son premiadas. Si no soportás eso, fijate cómo hacés para cambiarlo. No hay otro mensaje.

Debemos agradecer a todo el Grupo Tambo Teatro por la excelente calidad técnica para permitir que el mejor Brecht fluya desde el fondo del tiempo y la distancia espacial, cultural e idiomática para desplegar todo lo exitoso de su idea con tanta claridad y genialidad.

Postdata
Tardé meses en poder participar de esta explosión sensible y conciente. Parque Avellaneda queda lejos para todos los que no somos sus vecinos y fuera de los circuitos habituales de las comunicaciones en esta ciudad. Los viernes en el horario pico es un desafío encontrar colectivo lleno que nos pare para acercarnos a Directorio y Lacarra, atravesar el Parque hasta el Centro Cultural pone en alerta todos nuestros sentidos, por el lumpenaje que suele habitarlo y por la falta de señalización suficiente para encontrar el Tambo. 

La mejor forma de llegar es en auto, por esa calle interna que continua luego del fin de Francis Biblao. La necesidad de auto hace que todo un sector pauperizado de la clase obrera que debería ver esta obra no pueda. Compensa el hecho de que no sea necesario comprar las entradas con anticipación, por interné ni nada de eso ya que es “a la gorra”.

Todos los obstáculos deben ser salvados. Aconsejo hacer todo lo necesario para superarlos y ver este espectáculo, su esfuerzo será pagado con creces. Por lo mismo, sea generoso y aunque se trate de una gorra no deje de pagar lo mismo que pagaría en cualquier sala de teatro independiente de la ciudad.


Lo vale.

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